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La crudeza del invierno arrecia. Todavía es de noche, aunque
la hora presagia el pronto advenimiento del alba. La intensa helada
cubre las laderas de los cerros con un fino y punzante manto de escarcha.
Los vehículos bajan con los vidrios empañados, arropando
a niños y adultos con gestos de letargo. Pero afuera, a cielo
abierto, allí, en medio de un camino serpenteante, se divisa
una sombra enhiesta. La inclemencia del tiempo no puede con su decidido
andar. Con los puños crispados sobre el pecho, sujetando la campera,
a piso firme, Jorge Kurteff camina rumbo al museo en el que exhibe las
obras que creó y atesoró como ofrenda a la humanidad durante
toda su vida. Faltan pocos minutos para las 8 de la mañana, y
para entonces las puertas deben estar abiertas, como siempre lo están.
Puertas abiertas al influjo de una pasión existencial ejemplar,
que alecciona por lo que explícita desde su legado artístico,
y también desde la simple consecución de acciones domésticas
desde las que un hombre, a los 86 años, celebra y pondera el
amoroso y trascendental fluir de la vida.
Animada por una fe inquebrantable, la vida de Jorge Kurteff
está signada por la impronta del amor, el trabajo y la perseverancia.
Niño precoz. De pequeño dio cuenta de sus
talentos, y de la pertinaz voluntad con la que habría de desarrollarlos.
Como hijo trabajó junto a sus padres para solventar los gastos
del hogar, en tiempos de hambruna y escasez, de paroxística violencia.
Como alumno alcanzó las calificaciones más altas, y el mayor
reconocimiento de sus maestros que, habitualmente, lo ponderaban como
modelo. Por entonces ya palpitaba en él la cimiente de su genio
orfebre: componía, con trozos de madera y restos de latas, sus
propios juguetes, quizás sin saber que junto a ellos comenzaba
a forjar un maravilloso sueño de amor y libertad.
Niño siempre. Tal vez, lo más singular de
su personalidad radique en la maravillosa pureza su espíritu, tan
franco, puro e idealista como todo buen niño lo suele ser. El paso
de los años, la magnitud de su obra y la llegada de reconocimientos
y honores no pudieron con su alma infante, siempre ávida de conocimientos,
de búsqueda, de altísima ilusión. Todavía
hoy, y en respuesta a los que se acercan a su morada con la reverencia
que se tiene ante un "maestro" Jorge se ufana de su condición
de "aprendiz eterno". Sus ojos, con celeste intensidad, refulgen
con brillo de sabia picardía y entre dulces muecas de sonrisa suele
responder "el que se considera maestro piensa que ya sabe lo suficiente,
y deja de aprender
y yo no quiero dejar de aprender
es mejor
ser siempre aprendiz, así no se deja de evolucionar nunca".
El genio creativo de Jorge es, literalmente, inconmensurable.
Su casa, su taller, sus obras, y el museo testimonian las dimensiones
de un talento excepcional. Con alegría, "con la misma alegría
con la que los pájaros realizan sus nidos" - como suele decir-
diseñó la casa en la que actualmente vive, en Rincón
del Este - Merlo -, al igual que la que habitara, antes, en San Carlos
de Bariloche. El taller montado en su vivienda, y el edificio donde se
erige el Museo también fueron diseñados en cada uno de sus
detalles por este singular artista. Además, compuso y realizó
buena parte de los muebles de su hogar, las verjas que lo circundan, las
herramientas con las que trabaja, los motores y engranajes con los que
da movimiento a algunas de sus obras, y diversos sistemas ornamentales
en sus parques y jardines. Crear es su pasión, y nunca cesa.
El entusiasmo y la creatividad con la que su madre encaminaba
sus tejidos a mano. El orgullo con el que su padre se ganaba la vida componiendo
artefactos, y la hombría con la que resistía el embate de
las fuerzas comunistas - que no toleraban el idealismo puro que solía
esgrimir este humilde trabajador - dejaron marca indeleble en el espíritu
de Jorge Kurteff.
Hoy, en el cenit de su periplo existencial, todavía
suele mirar en detalle todas las cosas, "porque todas las cosas,
por grandes que sean están hechas de pequeños detalles"
suele confesar. Y las mira con el mismo entusiasmo y atención con
que, seguramente, solía mirar las plantas y las aves en aquellas
lejanas jornadas en la que recorría los montes búlgaros,
al pie de las montañas, a la zaga de su padre.
Precisamente, por sus padres, por las enseñanzas
que recibió de ellos; por los sueños que alimentaron su
infancia y la humilde pureza con la que lo educaron, Jorge Kurteff afrontó
con fe y convicción todos los desafíos de la vida. Ya de
grande, muchos años después, y con la instalación
definitiva de un taller completo, en Buenos Aires, sintió que cumplía
uno de sus grandes objetivos "con un taller así, como el que
llegué a montar, soñaba mi padre, y esto, en buena medida,
lo hice en su nombre, porque su ideal, fue también mi ideal".
Tal vez por ello, en reconocimiento a la entrega y el trabajo desde el
que fue aleccionado, su taller de orfebre exhibe en una de sus paredes
un cartel forjado en hierro que reza "prefiero morir trabajando y
no vivir como un holgazán".
Por su precoz y pertinaz pasión por el trabajo y
el arte, de niño, cuando iniciaba algún trabajo, aun cuando
se tratase de un juguete, no cesaba hasta terminarlo, ni siquiera cuando
le indicaban lo contrario "mi madre solía llamarme a almorzar
y yo respondía que iría luego, al terminar
así,
en más de una ocasión, tomaba mi almuerzo en el horario
en el que otros niños estaban merendando".
Pero la pasión por el arte y su ansias de crecimiento
colisionaron con la crudeza de una época signada por la violencia,
el odio fratricida y la falta de libertad. Crecer espiritual y artísticamente
implicaba el recorrido de un arduo y peligroso camino. Y si bien siempre
lo animó un convencimiento inquebrantable en cuanto al cumplimiento
de sus ideales y a la fe que lo asistía, en determinados momentos
sufrió con intensidad la falta de libertad y expresión.
Su temple se forjó en una altiva y digna pobreza,
y las privaciones, lejos de resentirlo, potenciaron sus ideales. Muchos
veces pasó días enteros sin comer, en otras tantas el único
alimento consistía en un poco de pan duro remojado, y en ocasiones
-ya como operario ferroviario- sólo ingería mucha agua "para
engañar al estómago". Pero sin embargo, acostumbra
a confesar: "jamás le pedí a Dios que me diera de comer
le imploraba que me diera libertad."
En busca de la libertad, esa amada libertad que le permitiría
volcar la intensa pasión de su alma, y a modo de respuesta en medio
de una profunda crisis, habría de iniciar el recorrido de un camino
de amor, jalonado por el espíritu de su entrañable maestro.
Así fue como, un vendedor de maní, de nombre Elías,
le profetizó en un encuentro callejero fortuito, la necesidad de
asistir a la Fraternidad de Izgrev, en las cercanías de Sofía,
capital de Bulgaria. Aprovechando un circunstancial franco, mientras estaba
movilizado como inspector ferroviario por el gobierno del régimen
comunista, Jorge Kurteff encauzó definitivamente su vuelo existencial,
artístico y espiritual. En una humilde posada, al candor de un
mágico trinar de ruiseñores en una calma noche de cielo
añil estrellado, encontró el rumbo y la guía que
alientan su marcha, desde entonces y hasta hoy. Izgrev, que quiere decir
alba, marcaba, de este modo, el nuevo amanecer de un artista con notable
sensibilidad espiritual.
Las enseñanzas de Pedro Danoff (Beinsa Dunó)
un maestro, filósofo, teólogo y médico búlgaro
han cimentado la obra y el periplo existencial de Kurteff. A ese encuentro
y a esa tutela espiritual le suceden 50 años de trabajo y el desarrollo
integral de todas las obras que hoy se exhiben en el Museo construido
en Merlo, frente a la caso de los Kurteff, que lleva por nombre "Alba".
Cercado por el régimen comunista, y tras una sucesión
de hechos que indicaban el inicio de un nuevo ciclo en su vida, en 1948
Kurteff dejaría para siempre su Bulgaria natal, para emprender
un viaje que tendría su primera escala en Checoslovaquia. Allí,
recaló con algunas pocas monedas, que no fueron aceptadas por su
procedencia comunista. Sin dinero ni hospedaje, sobrevivió algunos
días merced a su ya aquilatada capacidad para afrontar el hambre,
a la ayuda de un amigo y a la generosidad inesperada y milagrosa de personas
desconocidas. Pero fue allí también donde aprendió
a valorar la magnificencia del arte. No tenía para comprar comida
ni viajar en tren, pero si tenía curiosidad y sensibilidad para
disfrutar del arte en Praga y deleitarse con las esculturas que engalanan
sus emblemáticos puentes. Y fue en una plaza de ese mismo país
donde resolvió compartir toda su existencia, incluida su pobreza.
En esa ocasión, en aquella plaza, con vaya uno a saber que nombre,
Jorge Kurteff le dio a un mendigo lisiado media corona, y se quedó
con la mitad restante, que ya no le alcanzaría para comprar un
magro, pero apetecido, plato de sopa. "Aprender a dar" es uno
de los cuadros que se exhiben en el museo, Kurteff vivió su esencia
en una plaza de Praga, mucho antes de forjarlo en cobre.
Dando lugar a una nueva fase del viaje que finalmente
lo anclaría de por vida en la Argentina, Kurteff se trasladó
a Suecia, allí se radicó por algunos meses, y prontamente
fue reconocido por joyeros y orfebres que valoraron su don artístico.
La pequeña valija que portaba sus herramientas y algunas piezas
le abrieron las puertas de Estocolmo, pero debía seguir, este no
era el lugar en donde poder volcar en obras sus percepciones espirituales
y la palpitaciones sensibles de su alma. Una serie de circunstancias concatenadas,
y un encuentro con el embajador argentino en el país nórdico
sellaron su destino: "En Argentina necesitamos gente como usted,
necesitamos su talento". Un largo viaje en barco se tendía
como puente hacia su nuevo mundo. Sin más patrimonio que su valija
de herramientas, y su alforja de sueños e ideales, Kurteff emprendió
el rumbo hacia una cultura en la que tendría que comenzar todo
de nuevo.
Después algunos pocos pero duros años de
adaptación Kurteff encontró en Argentina la inspiración
y contención más importante de su vida. Sus sueños
de alto ideal se remontaron al cielo de su afectos cuando conoció
a Aída, la mujer con la que está casado desde hace 50 años.
Escultura y escritora de refinada pluma, Aída supo insuflar remozada
vida al genio creativo de su marido, y se encargó de proyectar
en el mundo de habla hispana las enseñanzas Beinsa Dunó,
el maestro búlgaro que Kurteff tanto venera.
Luego de vivir en Buenos Aires 15 años, Kurteff
y Aída se trasladaron a Bariloche. Las condiciones geográficas
de la región, con sus improntas de montañas, lagos y arroyos
evocaban el paisaje de los Balcanes, estimulando la capacidad creadora
del artista. Fue en ese lugar maravillo donde Kurteff compuso buena parte
de los cuadros que hoy se exhiben en el Museo, pero el crecimiento comercial
de la zona y un hondo imperativo interior le indicaban que no era allí
donde debía reunir y proyectar en un centro cultural el fruto de
tantas décadas de trabajo y desarrollo artístico. Así
fue como en 1985 el matrimonio Kurteff inició una búsqueda
por distintos puntos del país.
Cuentan que al llegar por primera vez al ingreso de Merlo,
en donde hoy se erige la rotonda de acceso, Kurteff se irguió sobre
el asiento del auto en que viajaba y exclamó "aquí
nos quedamos". Y es aquí, en este Merlo que lo sobrecogió
donde se erige el Museo Kurteff, un emprendimiento fenómenal que
demandó años de intensa gestiones y esfuerzos, que sus dos
impulsores supieron encaminar con la fortaleza y alegría espiritual,
propias de quienes se sienten eternamente jóvenes. Y es en ese
Museo, en que el agua de una cascada escurre entre flores, como lo hace
en los agrestes montes por los que Kurteff solía pasear cuando
niño, donde este artista notable, todos los días, da cumplimiento
a la ceremonia de apertura de la sala de exposiciones, sea cual fuere
la inclemencia del tiempo a sortear. Una vez adentro, con el rigor y dedicación
que solo tienen los que abrigan en su pecho una pasión superior,
Kurteff sigue traduciendo libros del búlgaro al castellano, como
dinámica que alimenta su arte y su alma, prístinas fontanas
que se prodigan en quienes tienen la dicha de conocerlo.
Quiso la impronta del destino que Jorge Kurteff no tuviese
hijos ni discípulos artísticos, pero su genio creativo,
su sensibilidad espiritual, su fe en una nueva humanidad, inspiran el
corazón de todo aquel que se acerca a su morada del arte, de ese
arte diáfano que ve en lo divino lo más sagrado del corazón
humano, y desde él su infinito destino de grandeza. |
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